Los hijos, como retoños de semillas que se abren a la calidez del Sol, buscan cobijo en sus fuentes de vida más inmediatas: la Madre, el Padre.
Aún aquellos huérfanos que se han criado con frío azotando sus espaldas frágiles, descubriendo el arrítmico rasgueo de sus entrañas contraídas. Esos mismos niños que han puesto los pies, firmes, sobre la infértil tierra urbana y contemplado con expresión esperanzada la misarable limosna de mediodía. Incluso éstos han crecido arrebujados en el regazo de una madre común a todos: la Sociedad.
Como toda cultura, la chilena se fundamenta en la historia de su nación. Una historia trastornada por el rencor hacia un pasado tabú: sólo ahora Chile parece estar dispuesto a descargar el peso de sus tragedias. Porque la dictadura se patentó, grabando en el acto la memoria del Estado y de su gente.
Por esto, no es de sorprender el odio irracible que acomete el alma de miles de chilenos. Los mismos que componen la Sociedad Madre de nuestro país, hoy.
No sólo esos jóvenes afortunados, enseñados por quien los acunó al interior de su propio vientre, observan con desdén lo que fue el Gobierno Militar. No, también aquellos individuos, cuya Primerísima Madre es la vida misma, con sus costumbres, sus creencias y su historia, han heredado el odio -magnificado- de una dolida generación anterior.
Encargados de digerir los sentimientos de un pueblo reprimido.
¿Es de extrañar, entonces, que en las manifestaciones el hijo de una pareja torturada, exiliada o asesinada, marche junto a uno que, en apariencia, ha perdido menos?
Al fin y al cabo, ambos -como yo- son hijos de la misma agobiada Patria.
Y hay quienes -¡cuántos!- aún sobreviven en la precariedad de un período inestable.
"De Padres, Hijos y Odio Heredado"
Valparaíso,
09 de abril, 2006.
Le Petit Pensant

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